Buenos días, querido lector; Hay una presión silenciosa que acompaña a muchas mujeres desde que son niñas. Una especie de mandato invisible que les dice constantemente cómo deben verse, cómo deben comportarse y cómo deberían ser para sentirse aceptadas. La perfección. O mejor dicho, la obsesión enfermiza por alcanzarla. Porque durante años muchas mujeres crecieron creyendo que debían ser perfectas para merecer amor, reconocimiento o valor. Perfectas físicamente. Perfectas emocionalmente. Perfectas como madres. Perfectas como parejas. Perfectas como profesionales. Perfectas incluso en la forma de sufrir. Y así, poco a poco, muchas terminaron viviendo bajo una tiranía silenciosa que desgasta más de lo que parece. La tiranía de no poder equivocarse. De no poder cansarse. De no poder envejecer. De no poder engordar. De no poder mostrarse vulnerables. De no poder decir “no puedo más”. Porque el mundo parece exigirle constantemente a la mujer una versión impecable de sí misma. Una versión si...