Buenos días, querido lector. Hay una herida silenciosa que nace muy pronto: la de crecer creyendo que el amor hay que ganárselo. Aprendes que te quieren más si te portas bien, si no molestas, si cumples expectativas, si das antes de pedir. Y sin darte cuenta, empiezas a medir tu valor en función de lo que ofreces. Te esfuerzas, te adaptas, te adelantas a las necesidades ajenas. No por generosidad consciente, sino por miedo a no ser suficiente. Cuando creces creyendo que el amor se gana, descansar se siente peligroso, poner límites, egoísta, recibir sin dar, injusto. El amor se convierte en una transacción, y tú, en alguien que siempre está intentando merecer su lugar. Pero el amor que necesita pruebas no es amor, es supervivencia emocional. Y vivir así cansa, agota, vacía. Sanar esta herida no es dejar de amar. Es dejar de negociarte. Es comprender que no tienes que esforzarte para ser elegida. Que no necesitas demostrar tu valía para que te quieran. El amor que no se gana… se permite,...